—¿Quién va?—preguntó sobresaltado.

Creo que a primera vista me tomó por el Rey y no lo extrañé porque mi palidez contribuía al engaño; pero muy pronto exclamó:

—¡Calla, si es el comiquillo! ¿Qué hace usted por aquí?

Diciendo esto llegó a la orilla. Yo tenía asida la cuerda, pero me detuve. Ruperto se hallaba en terreno firme, con la espada en la mano y nada más fácil que hendirme de un tajo la cabeza o atravesarme de una estocada si me arriesgaba a subir. Solté la cuerda.

—No importa—dije;—lo esencial es que aquí estoy y aquí me quedo.

Me miró sonriéndose.

—El diablo son las mujeres...—empezó a decir, cuándo se oyó la gran campana del castillo que tocaba a rebato, y fuertes gritos que parecían salir del foso.

Ruperto volvió a sonreírse y me hizo un saludo de despedida con la mano.

—Mucho hubiera deseado habérmelas con usted—dijo,—pero la cosa se pone fea; y desapareció de mi vista.

En un instante, sin pensar en el peligro, subí por la cuerda. Le vi a treinta varas de distancia, corriendo como un gamo en dirección al bosque. Era la primera vez que Ruperto se mostraba más prudente que animoso. Corrí tras él, gritándole que se detuviese, pero no me hizo caso. Ileso y ágil ganaba terreno a cada paso; pero yo, olvidado de todo, excepto del deseo de vengarme, seguí sus huellas y muy pronto desaparecimos ambos en el bosque de Zenda.