Eran las tres de la mañana y empezaba a despuntar el día. Me hallaba en una avenida larga y recta, cubierta de césped y a cien varas de distancia corría Ruperto, flotante al viento el rizado cabello. Me sentía rendido y respiraba fatigosamente; le ví volver el rostro y saludarme otra vez con la mano. Se burlaba de mí, porque veía que me era imposible alcanzarle. Tuve que detenerme para respirar y un momento después Henzar torció rápidamente a la derecha y desapareció.
Creí que todo había terminado y me dejé caer abatido sobre la hierba. Pero eché a correr de nuevo en seguida, porque oí salir del bosque el grito de una mujer. Haciendo un esfuerzo supremo llegué al lugar donde Ruperto había cambiado de rumbo, e imitándole, volví a verle, en compañía de una muchacha, a la que obligaba a bajar del caballo que montaba. Ella era sin duda la que había lanzado aquel grito. Parecía una campesina y llevaba una cesta pendiente del brazo. Probablemente se dirigía al mercado de Zenda. El caballo era fuerte y de buena estampa. El truhán de Ruperto la posó en tierra sin hacer caso de sus gritos, pero sin violencia; al contrario, la besó riéndose y le dio dinero. Después montó de un salto, a mujeriegas, y me esperó. Yo me detuve y le esperé a mi vez.
Dirigió su caballo hacia mí, pero lo detuvo a corta distancia y alzando la mano preguntó:
—¿Qué ha hecho usted en el castillo?
—He matado a sus tres amigos—respondí.
—¡Cómo! ¿Bajó usted a la prisión?
—Sí.
—¿Y el Rey?
—Fue herido por Dechard, a quien di muerte, y espero que el Rey viva.
—¡Necio!—exclamó Ruperto jovialmente.