—Otra cosa hice.
—¿Y fue?
—Perdonarle a usted la vida. Me hallaba detrás de usted en el puente, revólver en mano.
—¡Digo! ¡Pues estuve entre dos fuegos!
—¡Apéese usted—le grité,—y luche como un hombre!
—¿En presencia de una dama?—dijo señalando a la muchacha.—¡Qué cosas tiene Vuestra Majestad!
Entonces, furioso, sin saber lo que hacía, corrí hacia él. Pareció vacilar un instante, pero después refrenó el caballo y me esperó. Continué mi carrera, enloquecido, así las riendas y le dirigí una estocada, que paró, devolviéndome el golpe. Retrocedí un paso y renové el ataque, pero aquella vez le abrí la mejilla y salté atrás antes de que él pudiera alcanzarme. Parecía desconcertado por la violencia de mi ataque, pues de lo contrario creo que hubiera acabado conmigo. Caí sobre una rodilla, jadeante, esperando verme atropellado por su caballo. Así hubiera sucedido indudablemente, pero en aquel instante resonó un grito a nuestras espaldas y volviéndome vi a un jinete que acababa de dejar la avenida y galopaba por el sendero, revólver en mano. Era Federico Tarlein, mi fiel amigo. Ruperto lo reconoció también, y comprendió que había perdido la partida. Tomó la debida posición en la silla, pero todavía se detuvo un momento, para decirme con su eterna sonrisa:
—¡Hasta la vista, Rodolfo Raséndil!
Después, sangrándole la mejilla, pero apuesto y gallardo siempre, moviéndose en la silla con la facilidad y maestría de costumbre, me saludó; se inclinó también hacia la joven campesina, que se había acercado fascinada; y con un ademán se despidió a su vez de Tarlein, que habiéndose puesto a tiro levantó el revólver y disparó. La bala estuvo a punto de acabar con Ruperto, porque le hizo pedazos el puño de la espada que en la diestra tenía. Soltó el arma, sacudiendo los dedos, golpeó los costados del caballo con los talones y lanzando una blasfemia, partió al galope.
Le miré alejarse de la larga avenida, con tanta soltura como si se tratase de un paseo a caballo, como si no fuera desangrándose por sus heridas.