El ingenioso plan del astuto coronel prosperó sin tropiezo, hasta encontrar un obstáculo que a menudo trastorna los proyectos mejor combinados: la voluntad o el capricho de una mujer. En este caso, cualesquiera que fuesen las órdenes del Rey, las instrucciones de Sarto y los consejos del General, Flavia se negó a permanecer en Tarlein mientras su amado se hallaba herido en Zenda, y el carruaje de la Princesa siguió de cerca al General y su escolta cuando éste se puso en camino del castillo. Así pasaron por el pueblo, donde se decía ya que habiéndose dirigido el Rey al castillo la noche anterior, para reconvenir amistosamente a su hermano por el trato dado a uno de los amigos del Rey prisionero en la fortaleza, se había visto atacado a traición; que tras una lucha desesperada habían perecido el Duque y varios caballeros suyos, y que el Rey, aunque herido, había logrado apoderarse del castillo. Todos estos rumores causaron, como se comprenderá, profunda sensación; empezó a funcionar el telégrafo, pero cuando las noticias llegaron a la capital, ya se había recibido allí la orden de poner tropas sobre las armas, e impedir toda manifestación hostil en los barrios donde predominaban los partidarios del Duque.

Subía el carruaje de la princesa Flavia el pendiente camino del castillo, con el General cabalgando al estribo y rogándole todavía que volviese a Tarlein, a tiempo que Federico y el supuesto prisionero de Zenda llegaban al lindero del bosque. Al recobrar el sentido me puse en marcha, apoyado en el brazo de Federico, y próximos ya a salir del bosque vi a la Princesa. Una mirada de mi amigo me hizo comprender repentinamente que no debía verme ni hablar otra vez con Flavia y caí de rodillas tras unos arbustos. Pero habíamos olvidado a la joven campesina, que nos había seguido y no estaba dispuesta a perder aquella ocasión de congraciarse con la Princesa y de ganar unas monedas de oro; así fue que apenas nos ocultamos, salió corriendo al camino y saludando, exclamó:

—¡Señora, el Rey está allí, detrás de aquellas matas! ¿Quiere Vuestra Alteza que la guíe hasta él?

—¿Qué tontería es esa, muchacha?—dijo el General.—El Rey está en el castillo, herido.

—A que no. Herido sí, pero está allí, con el conde Federico, y no en el castillo—insistió la moza.

—¿Está en dos lugares a la vez, o es que hay dos Reyes?—preguntó Flavia sorprendida.—¿Cómo sabes que está allí?

—Lo vi persiguiendo a un caballero, señora, y pelearon hasta que llegó el conde Federico; el otro me quitó el caballo de mi padre y se escapó, pero el Rey está allí con el Conde. ¡Cómo, señora! ¿Hay acaso otro hombre como el Rey en Ruritania?

—No, hija mía—contestó Flavia dulcemente, (me lo dijeron después); y se sonrió y dio dinero a la muchacha.—Voy yo misma a ver a ese caballero—dijo haciendo ademán de bajar del coche.

Pero en aquel momento llegó Sarto al galope, procedente del castillo, y al ver a la Princesa resolvió sacar el mejor partido posible de las circunstancias y comenzó por decirle que el Rey estaba perfectamente atendido y fuera de peligro.

—¿En el castillo?—preguntó Flavia.