—¿Pues dónde había de estar, señora?—repuso el coronel inclinándose.

—Es que esta muchacha dice que ha visto al Rey allí, con el conde Federico.

Sarto miró a la moza sonríendose y con expresión de incredulidad.

—Estas chicas en cuanto ven un apuesto caballero, se creen que es el Rey—dijo.

—Pues entonces, el que yo digo y el Rey se parecen como si fueran hermanos—replicó la campesina, algo vacilante pero insistiendo todavía en su tema.

Sarto miró en torno. En el rostro del General se adivinaba muda interrogación. Los ojos de Flavia no eran menos elocuentes. La sospecha cunde con facilidad portentosa.

—Voy a ver quién es ese hombre—dijo Sarto.

—No, iré yo misma—exclamó la Princesa.

—Pues en tal caso, venga Vuestra Alteza sola—murmuró Sarto.

Y ella, obedeciendo a aquella extraña indicación y notando también la súplica que se veía en el rostro del veterano, rogó al General y su séquito que esperasen allí; dijo Sarto a la muchacha que se apartase a distancia, y él y Flavia se dirigieron a pie hacia donde estábamos. Cuando los vi acercarse, me senté, agobiado, en el suelo y oculté la cara entre las manos. No podía mirarla. Federico se arrodilló a mi lado, puesta la mano en mi hombro.