—Hable Vuestra Alteza en voz baja—dijo Sarto al llegar con la Princesa a nuestro lado; y después oí un grito ahogado, que parecía expresar alegría y temor a la vez, y su voz que decía:

—¡Es él! ¿Estás herido, sufres?

Corrió a mi lado y con suave esfuerzo apartó mis manos, pero yo seguí con los ojos fijos en tierra.

—¡Es el Rey!—exclamó.—¿Quiere usted decirme, coronel Sarto, qué significa la broma de que hace poco pretendía usted hacerme objeto?

Nadie contestó; los tres seguimos silenciosos ante ella. Prescindiendo de testigos, me abrazó y me dio un beso. Entonces dijo Sarto, con voz ronca y baja:

—No es el Rey. No lo acaricie Vuestra Alteza; no es el Rey.

—Pero, ¿acaso no conozco yo a mi amado? ¡Rodolfo, amor mío!

-No es el Rey—repitió Sarto; y el acongojado Tarlein no pudo reprimir un sollozo.

Entonces, al oir aquel sollozo, comprendió Flavia que había en todo aquello algo más que una chanza o una equivocación.

—¡Sí, es el Rey!—exclamó.—Es su cara; su anillo, el mío. ¡Oh, sí, es mi amor!