—Vuestro amor, señora, sí—dijo Sarto.—Pero el Rey está allí, en el castillo. Este caballero...
—¡Mírame, Rodolfo! ¡Mírame!—gritó, oprimiendo mi rostro entre sus manos.—¿Por qué permites que me atormenten así? ¡Dime, qué significa esto!
Entonces hablé, fijos mis ojos en los suyos.
—¡Dios me perdone, señora!—dije.—No soy el Rey.
Sentí en mis mejillas el temblor convulsivo de sus manos. Miró fijamente mi cara, escudriñándola, como no ha sido mirada jamás la cara de un hombre. Y yo, mudo otra vez, vi nacer y agrandarse en sus ojos el asombro, la duda, el terror. Disminuyó gradualmente la presión de sus manos; miró a Sarto, a Federico y volvió a clavar los ojos en mí; después, repentinamente, vaciló, cayó hacia adelante en mis brazos, y yo, con un grito de dolor, la estreché sobre mi pecho y besé sus labios. Sarto me tocó el brazo. Le miré, deposité suavemente el cuerpo de Flavia sobre la hierba, y de pie a su lado, contemplándola, maldije al Cielo por haberme salvado de la espada de Ruperto para hacerme sufrir aquel dolor tan intenso, tan atroz.
XXI
¡hay algo más que amor!
Había cerrado la noche y me hallaba en la celda que acababa de ser prisión del Rey en el castillo de Zenda. Había desaparecido el tubo apodado «Escala de Jacob» por Ruperto Henzar, y en la obscuridad brillaban las luces de una habitación situada al otro lado del foso. Reinaba profundo silencio, en contraste con el fragor de la reciente lucha. Yo había pasado el día en el bosque, con Federico, después de separarme de la Princesa, a quien dejamos en compañía de Sarto. Protegido por la obscuridad, me habían conducido al castillo e instalado en la celda. Nada me importaba el recuerdo de que un poco antes habían muerto allí tres hombres, dos de ellos por mi mano. Me había arrojado sobre un colchón inmediato a la ventana y contemplaba las negras aguas del foso. Juan, pálido todavía a consecuencia de su herida, me había servido la cena. Me dijo que el Rey iba reponiéndose, que había visto a la Princesa y conferenciado largamente con Sarto y Tarlein. El General había regresado a Estrelsau, Miguel el Negro yacía en su ataúd y junto a él velaba Antonieta de Maubán. Desde mi retiro había oído el fúnebre canto y las preces de los religiosos.
Fuera circulaban extraños rumores. Decían unos que el prisionero de Zenda había muerto; otros que había desaparecido pero estaba vivo; aseguraban algunos que era un buen amigo del Rey a quien había prestado valioso servicio en Inglaterra, en cierta aventura; y no faltaba quien sabía que, habiendo descubierto las tramas del Duque, se había éste apoderado de él y arrojádolo en una mazmorra. Pero los más avisados prescindían de suposiciones y comentarios, limitándose a decir que sólo se sabría la verdad cuando el coronel Sarto tuviese a bien revelarla.
Así charló Juan hasta que lo despedí, y me quedé solo, pensando no en lo porvenir, sino, como sucede a menudo después de las grandes crisis, en los sucesos de aquellas últimas semanas, pasándoles mental revista con verdadero asombro. Allá en lo alto se oía, interrumpiendo el silencio de la noche, el ruido producido por las banderas del castillo flotando al viento o golpeando sus astas. En una de éstas, ondeaba el estandarte del Duque y sobre él la real insignia, el pabellón de Ruritania. Y nos acostumbramos tan pronto a todo, que me costó algún esfuerzo convencerme de que ya no ondeaba, como hasta entonces, en honor mío.