No tardó en presentarse Federico de Tarlein. Me dijo brevemente que el Rey deseaba verme, y juntos cruzamos el puente levadizo y entramos en la que había sido cámara del duque Miguel.
El Rey yacía en el lecho, tendido por el médico que nosotros habíamos llevado a Tarlein y que se apresuró a decirme en voz baja que abreviase mi visita. El Rey me tendió la mano y estrechó la mía. Federico y el médico se apartaron, dirigiéndose a una de las entreabiertas ventanas.
Retiré el anillo del Rey que tenía en mi dedo y lo puse en el suyo.
—He procurado llevarlo con honra, señor—le dije.
—No puedo hablar mucho—repuso con voz débil.—He tenido una viva discusión con Sarto y el General, quienes me lo han dicho todo. Yo quería llevarlo a usted a Estrelsau, tenerlo allí a mi lado y decir a todos lo que ha hecho; quería que usted fuese mi mejor y más querido amigo, primo Rodolfo. Pero me dicen que no debo hacerlo y que se ha de guardar el secreto... si tal cosa es posible.
—Tienen razón, señor. Permítame partir Vuestra Majestad. Mi misión aquí ha terminado.
—Sí, y la ha cumplido usted como ningún otro hombre hubiera podido hacerlo. Cuando vuelvan a verme habré dejado crecer mi barba, sin contar que estaré desfigurado por mi enfermedad. Nadie se sorprenderá de que el Rey parezca tan cambiado. Pero fuera de eso, procuraré que no noten en mí ningún otro cambio. Usted me ha enseñado a ser Rey.
—Señor—dije,—no merezco ni puedo aceptar los elogios de Vuestra Majestad. Sólo a la bondad del Cielo debo el no ser hoy un traidor mayor aún que el mismo Duque.
Me miró con alguna extrañeza, pero no es de enfermos graves descifrar enigmas y renunció a interrogarme. Su mirada se fijó en la sortija de Flavia que yo llevaba puesta. Creí que iba a hablarme de ello, pero después de tocar distraídamente el anillo algunos instantes, dejó caer la cabeza sobre la almohada.
—No sé cuándo volveré a verle—dijo con voz apenas perceptible.