—Tan luego vuelva a necesitarme Vuestra Majestad—contesté.

Cerró los ojos. Tarlein y el médico se acercaron. Besé la mano del Rey y salí con Tarlein. No he vuelto a ver al joven soberano.

Ya fuera de la habitación, noté que Federico, en lugar de dirigirse a la derecha y al puente levadizo, torció a la izquierda y sin decir palabra me hizo subir una escalera y nos hallamos en un amplio corredor del castillo.

—¿Adónde vamos?—pregunté.

—Ella ha enviado a llamarle—respondió Tarlein sin mirarme.—Cuando haya terminado esta entrevista, vuelva usted al puente. Allí lo esperaré.

—¿Qué desea?—dije respirando agitadamente.

Me indicó con un ademán que no podía contestar a mi pregunta.

—¿Lo sabe todo?

—Sí, todo.

Abrió una puerta, me hizo entrar impulsándome suavemente y cerró tras mí. Me hallé en una sala pequeña y lujosamente amueblada. Al principio creí hallarme solo, porque las dos velas encendidas sobre una mesa tenían pantallas y despedían escasa luz. Pero casi en seguida vi a una mujer, en pie, cerca de la ventana. Me dirigí a ella, doblé una rodilla y tomándole una mano la llevé a mis labios. No habló ni se movió. Me levanté y, a pesar de la indecisa luz, noté la palidez de sus mejillas, vi la aureola que le formaban sus hermosos cabellos y sin darme cuenta de ello pronuncié dulcemente su nombre: