—¡Flavia!
Se estremeció ligeramente y miró en torno.
Después se lanzó hacia mí y asiéndome el brazo dijo:
—¡No estés en pie! ¡No, siéntate! Estás herido. ¡Aquí, siéntate aquí!
Me hizo sentar en el sofá y apoyó la mano en mi frente.
—¡Cómo te arde la frente!—dijo cayendo de rodillas a mi lado.
Reclinó la cabeza sobre mi pecho y la oí murmurar:
—¡Pobre amor mío! ¡Cómo te arde la frente!
Por mi parte había ido allí con el propósito de humillarme, de implorar su perdón; pero lejos de eso, lo único que dije fue:
—¡Te amo, Flavia, con todas mis fuerzas, con toda mi alma!