Porque el amor nos permite leer en el corazón del ser amado, porque lo que la turbaba y la hacía sentirse avergonzada, no era su amor por mí, sino el temor de que así como yo había sido fingido Rey, hubiera representado también el papel de amante y recibido sus besos burlándome interiormente de ella.
—¡Con todas mis fuerzas, con toda mi alma!—repetí, y su rostro oprimió más fuertemente mi pecho.—¡Siempre, desde el primer instante en que te vi, allá en la catedral! Para mí no ha existido desde entonces más que una mujer en el mundo y jamás existirá otra. ¡Pero Dios me perdone el engaño de que te he hecho víctima!
—¡Te obligaron a ello!—dijo prontamente; y luego, alzando la frente y fijos sus ojos en los míos, añadió:
—Quizás hubiera sucedido lo mismo aun revelándome la verdad. ¡Porque mi amor eras siempre tú, no el Rey!
Y levantándose, me dio un beso.
—Me proponía confesártelo todo—dije.—Iba a hacerlo la noche del baile, en Estrelsau, pero Sarto me interrumpió. Después... no pude, no me atreví a correr el riesgo de perderte antes... ¡antes de que llegase el momento en que por fuerza había de perderte! Adorada mía, ¿sabes que por ti pensé dejar al Rey abandonado a su suerte?
—¡Lo sé, lo sé! Y ahora...¿qué vamos a hacer ahora, Rodolfo?
La atraje hacia mí, y abrazándola la dije:
—Voy a partir esta noche!
—¡Ah, no, no!—exclamó.—¡No esta noche!