—Tengo que irme, antes de que me vean otros. ¿Y cómo quieres que me quede, alma mía, a no ser?...

—¡Si pudiera partir contigo!—murmuró.

—¡En nombre del Cielo!—exclamé bruscamente.—¡No digas eso!

—¿Por qué no? Te amo. ¡Eres tan caballero tan noble como el Rey!

Entonces falté a todos mis principios, hice traición a cuanto debía respetar. La tomé en mis brazos y le supliqué con palabras que no puedo reproducir aquí, que me siguiera, que desafiase al mundo entero a arrancarla de mis brazos. Y por algún tiempo me escuchó, sorprendida y dominada. Pero cuando me miró empecé a avergonzarme de mi conducta, me faltó la voz, balbuceé algunas palabras y por fin guardé silencio.

Flavia se apartó de mí, buscando apoyo en la pared, y yo quedé humillado y tembloroso, sabiendo lo que había hecho, despreciándome a mí mismo, pero también resuelto a no desdecirme. Así permanecimos largo tiempo.

—¡Estoy loco!—dije tristemente.

—Aun loco te adoro, amor mío—contestó.

Tenía inclinado el rostro, pero vi el brillo de las lágrimas que surcaban sus mejillas. Tuve que buscar apoyo en el respaldo del sofá.

—¡Hay algo más que amor!—dijo en voz baja, con dulcísimo acento.—Si el amor lo fuese todo, yo podría seguirte hasta el fin del mundo, aunque tuviese que vestir harapos, porque mi corazón te pertenece. Pero ¿no existe algo más que el amor?