No contesté. Ahora me avergüenzo de no haber asentido, de no haber facilitado sus esfuerzos con mis palabras.

Se me acercó y me puso la mano sobre el hombro, mano que torné y oprimí entre las mías.

—Bien sé—continuó,—que se habla y se escribe como si el amor lo fuese todo. Quizás lo sea para algunos. Pero si lo fuera también para ti, Rodolfo, hubieras dejado morir al Rey en su prisión.

Llevé su mano a mis labios.

—¿Y la honra de la mujer, Rodolfo? ¿Ella me manda ser fiel a mi patria y a mi cuna? ¡No sé por qué Dios me ha hecho amarte; pero también sé que me ordena quedarme!

Seguí guardando silencio y ella continuó tras una pausa:

—Llevaré siempre tu anillo en mi dedo; tu corazón estará eternamente junto al mío, tu beso en mis labios. Pero debes partir y yo debo quedarme. Y quizás deba yo también hacer algo más, algo cuya sola idea es ahora para mí peor que la muerte...

Comprendí lo que quería decir y temblé. Pero no quise mostrarme menos animoso que ella. Me levanté y tomé su mano.

—Haz lo que quieras o lo que debas—dije.—Creo que a seres como tú, Dios mismo les indica el camino que han de seguir. Mi carga es más ligera que la tuya, porque yo también llevaré siempre tu anillo, y tu corazón estará eternamente junto al mío; pero jamás habrá en mis labios otro beso que el tuyo. ¡Dios te dé fuerza y consuelo, alma mía!

Llegó a nuestros oídos un canto solemne. Eran las preces que elevaban los sacerdotes en la capilla por las almas de los muertos. Aquel canto fúnebre resonaba como un adiós tristísimo a nuestra pasada dicha, como una súplica en nombre de nuestro eterno amor. Con sus manos entre las mías, escuchamos las dulces y melancólicas notas.