—¡Mi Reina y mi Cielo!—dije.
—¡Mi amante y leal caballero!—respondió Flavia.—Quizá no volvamos a vernos. ¡Un beso y parte!
Le di un beso, pero se abrazó a mí, murmurando mi nombre una y cien veces. Por fin me separé de ella.
Dirigí mis rápidos pasos al puente, donde me esperaban Sarto y Federico. A indicación suya, cambié de traje, y ocultando el rostro como lo había hecho antes varias veces, montamos a caballo a la puerta del castillo y cabalgamos todo el resto de la noche. Al amanecer nos hallamos en una pequeña estación inmediata a la frontera. Faltaba algún tiempo para la llegada del tren y nos dirigimos por una pradera al cercano arroyuelo. Me prometieron enviarme noticias y me colmaron de atenciones y elogios; aun el viejo Sarto estaba afectado y Tarlein profundamente conmovido. Escuché como en sueños cuanto decían, pero aquella dulce voz «¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¡Rodolfo!» resonaba todavía en mis oídos, como un grito de amor y desesperación. Comprendieron por fin que mi pensamiento estaba lejos de allí y nos paseamos en silencio, hasta que Federico tocó mi brazo y vi a gran distancia el azulado humo de la locomotora. Entonces les tendí las manos.
—Hoy nos conducimos como niños—dije;—pero en días recientes nos hemos portado como hombres ¿verdad, Sarto, Federico, amigos míos?
—Hemos vencido a los traidores e instalado al Rey sólidamente en su trono—repuso Sarto.
De repente Tarlein, antes de que yo pudiese adivinar su propósito, se descubrió, se inclinó como solía hacerlo y me besó la mano, que retiré vivamente.
—¡No siempre—dijo,—hace Reyes el Cielo a quienes deberían llevar la corona!
El rostro de Sarto se contrajo al estrechar mi mano.
—El diablo se mezcla en muchas cosas y las echa a perder—dijo.