Las personas que estaban en la estación, miraban con insistencia al desconocido de alta estatura y encubiertas facciones, pero no hicimos el menor caso de su curiosidad. Volvimos a estrecharnos las manos en silencio, y aquella vez ambos—cosa extraña por parte de Sarto,—se descubrieron y permanecieron descubiertos hasta que desapareció a su vista el tren que me conducía. Todos creyeron que algún alto personaje, deseoso de guardar el incógnito, había tomado el tren en aquella insignificante estación; cuando en realidad no era otro que Rodolfo Raséndil, caballero inglés, segundón de buena casa; pero, en fin, hombre de no gran fortuna, posición ni rango. Profundo hubiera sido el desencanto de muchos al saberlo, pero no tanto como su curiosidad y su sorpresa de haberlo sabido todo. Porque, cualesquiera que fuese mi condición presente, había sido Rey por tres meses; prueba a la que se han visto sometidos muy pocos hombres. Y sin duda, hubiera yo dedicado mayor atención a este tema, si no la hubiese embargado casi por completo aquella voz que parecía salir de las torres de Zenda, visibles todavía en lontananza; aquel grito de amor de una mujer, que llegaba a mis oídos, que penetraba hasta mi corazón y que decía: «¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¡Rodolfo!»

¡Todavía me parecía oirlo!

XXII

presente, pasado ¿y futuro?

Los detalles de mi regreso al hogar, son poco interesantes. Fui directamente al Tirol, donde pasé quince días en la mayor quietud y buena parte de ellos en cama, con fuerte fiebre; fui también víctima de una reacción nerviosa, que me dejó débil como un niño. Tan luego me hospedé, escribí a mi hermano, anunciándole mi próximo regreso; lo cual bastaba para poner término a las investigaciones que se hacían para averiguar mi paradero, y que probablemente traerían ocupado todavía al jefe de policía de Estrelsau. Dejé crecer de nuevo bigote y perilla, y ambos eran ya de respetable dimensión cuando bajé del tren en París y me presenté en casa de mi amigo Jorge Federly. Mi entrevista con él fue notable, principalmente por el número de falsedades tan involuntarias como inevitables que le dije; y me burlé cruelmente de él cuando me confesó que me había sospechado de haber ido a Estrelsau en seguimiento de Antonieta de Maubán. Supe que ésta se hallaba de regreso en París, pero vivía muy retiradamente; cosa que los murmuradores explicaban con la mayor facilidad. ¿Acaso no eran conocidas de todos la traición y la muerte del duque Miguel? Sin embargo, Jorge aconsejó a nuestro común amigo Beltrán que no perdiese toda esperanza, porque, como él decía con la mayor frescura, «un poeta vivo vale más que un Duque muerto.» Después preguntó, dirigiéndose a mí:

—¿Qué le ha pasado a tu bigote?

—La verdad es—dije con mucho misterio,—que las circunstancias obligan a veces a un hombre a modificar su aspecto todo lo posible y... Pero va creciendo que es un gusto.

—¡Hola!—exclamó Jorge.—Luego no andaba yo tan descaminado, y si no ha sido la hermosa Antonieta, se tratará de otra sirena.

—Siempre hay por medio alguna sirena, Jorge—dije sentenciosamente.

Pero Jorge no se contentó hasta que me hubo arrancado (con gran elogio de su propia destreza) los pormenores de una aventura amorosa con sus puntas y ribetes de escándalo, que me había detenido todo aquel tiempo en las tranquilas regiones del Tirol. En cambio de mis revelaciones, me favoreció Jorge con lo que él llamaba «detalles ocultos» (conocidos sólo de los diplomáticos), sobre la verdadera marcha de los sucesos en Ruritania, las tramas y conspiraciones de aquel país. En su opinión, podía decirse a favor de Miguel el Negro mucho más de lo que el público sospechaba y también me indicó sus bien fundadas sospechas de que el misterioso prisionero de Zenda, a quien los periódicos habían dedicado no pocos sueltos, no era un hombre (y aquí tuve que hacer un esfuerzo para no reírme), sino una mujer disfrazada de hombre; y que la verdadera causa de las discordias entre el Rey y su hermano, era el favor de aquella dama, que ambos se disputaban.