—Quizás fuese la mismísima señora de Maubán—sugerí.

—¡No!—exclamó Jorge resueltamente.—La señora de Maubán estaba celosa de ella y para vengarse del Duque lo denunció al Rey. Y en confirmación de lo que digo, añadiré que la princesa Flavia se muestra ahora muy indiferente para con el Rey, después de haber estado con él lo más afectuosa y amante.

Llegados aquí, cambié de conversación y me libré de los informes «inspirados» de Jorge. Si los diplomáticos no han obtenido datos más exactos que los de mi amigo, bien puedo decir que, por lo menos en esta ocasión, no ganaron su sueldo.

Durante mi permanencia en París escribí a la señora de Maubán, pero no me atreví a visitarla. Y en contestación recibí una carta muy sentida, en la que me decía que la generosidad del Rey y su gratitud hacia mí la obligaban a guardar el más profundo secreto. También manifestaba el propósito de retirarse por completo de la sociedad e ir a residir en el campo. No sé si realizó este propósito, pero es muy probable, porque no he vuelto a verla ni oído hablar de ella. Es innegable que amaba al duque de Estrelsau; y su conducta al morir éste, demostró que ni aun conociendo el verdadero carácter de aquel hombre había cesado su estimación por él.

Me quedaba por librar una última batalla, en la que tenía la seguridad de salir completamente derrotado. ¿No regresaba del Tirol sin haber hecho el menor estudio de sus habitantes, instituciones, topografía, fauna ni flora? Había malgastado mi tiempo de la manera usual, frívolamente, como diría mi cuñada; y contra veredicto basado en tales pruebas, no me quedaba defensa posible. Puede imaginarse el lector la cara con que me presentaría en nuestra casa de Londres, pero, en suma, no tuve tan mal recibimiento como esperaba. No había hecho lo que Rosa deseaba, es verdad, pero sí lo que ella había profetizado; no había tomado notas, hecho observaciones ni recogido materiales de ninguna clase. En cambio mi hermano había tenido la debilidad de creer y asegurar todo lo contrario.

Al regresar yo con las manos vacías, fue tal el afán de Rosa para demostrar a mi hermano su error, que se olvidó de reñirme, dedicando casi todas sus quejas al silencio que yo había guardado en mi ausencia, no dándoles la menor noticia de mi paradero.

—Hemos malgastado un tiempo precioso buscándote—dijo.

—Ya lo sé—respondí.—La mitad de nuestros embajadores han perdido el sueño por culpa mía. Jorge Federly me lo ha dicho. Pero ¿a qué viene tanta ansiedad? Como si yo no me bastara...

—¡Oh, no es eso!—exclamó desdeñosamente.—Lo único que yo quería era darte noticias de sir Jacobo Borrodale. Ya sabes que ha conseguido una embajada, de la que tomará posesión dentro de un mes, y nos ha escrito diciendo que espera llevarte consigo.

—¿Adónde va?