—No, Rodolfo, no vayas a Estrelsau—dijo mi hermano.
Y no sé si sospecha algo, o si ha llegado a descubrir una parte de la verdad. En tal caso se lo tiene muy callado y ni él ni yo aludimos jamás al asunto. Sir Jacobo Borrodale tuvo que procurarse otro agregado.
Desde que ocurrieron los sucesos aquí referidos, he vivido tranquilo y muy retiradamente en una casita de campo. Para mí no tienen ya interés los móviles que de ordinario atraen a hombres de mi posición y de mi edad. No me agradan el brillo y los placeres de la sociedad, ni las emociones de la política. La condesa de Burlesdón dice que no tengo remedio y mis vecinos me creen indolente, soñador y arisco. Pero soy joven, y a veces me imagino—los supersticiosos lo llamarán quizás un presentimiento,—que mi papel en esta vida no ha terminado aún; que, algún día, de una ú otra manera, volveré a participar en asuntos y sucesos de alta importancia, y tendré que oponer mi astucia a la de mis enemigos y la fuerza de mi brazo a los golpes del contrario. Tales son a menudo mis pensamientos cuando con mi escopeta o mi caña de pescar vago solitario por el bosque o las orillas del río. No sé si llegarán a convertirse en realidad, y menos aún si en tal caso tendrán por teatro el que yo me imagino; sólo sé que anhelo vivamente verme otra vez en las concurridas calles de Estrelsau, o a los pies de los sombríos muros del castillo de Zenda.
Y ya, perdido en mis meditaciones, suelo prescindir de lo futuro y recordar aquel pasado extraño e inolvidable. Presentando ante mi vista, en larga serie de cuadros, la primera y alegre francachela con el Rey, mi furioso ataque con la mesita de hierro en el cenador, la noche en el foso, la persecución por el bosque; amigos y enemigos, los que aprendieron a respetarme y quererme y los que procuraron arrancarme la vida. Y entre estos últimos, descuella el único que de ellos vive, no sé dónde, aunque estoy seguro de que donde se halle, continuará siendo el malvado de siempre, el seductor de mujeres, el tormento y enemigo jurado de otros hombres. ¿Dónde, dónde está Ruperto Henzar, aquel adolescente que estuvo tan próximo a vencerme? Siempre que recuerdo o pronuncio su nombre, la sangre circula más rápida por mis venas y cierro maquinalmente los puños; entonces también me parece oir con más claridad aquella voz del hado, que a manera de presentimiento me anuncia futuros encuentros con Ruperto. Por eso sigo ejercitándome en el manejo de las armas y no quiero pensar siquiera en que algún día he de perder el vigor de la juventud.
Una vez al año interrumpo la monotonía de mi sosegada vida. Entonces voy a Dresde, donde me espera mi amigo y compañero querido, Federico de Tarlein. El año pasado lo acompañaban su bonita mujer, Elga, y un precioso y robusto niño. Esas visitas duran una semana, que Federico y yo pasamos siempre juntos y durante las cuales me refiere todo lo que ocurre en Estrelsau; por las noches, mientras paseamos fumando, hablamos de Sarto, del Rey y con frecuencia de Ruperto Henzar; y ya tarde, a lo último, hablamos también de Flavia. Porque Federico lleva consigo a Dresde todos los años una cajita; en ella una rosa y, rodeando el tallo, una esquela diminuta que sólo contiene estas palabras: «Rodolfo—Flavia—siempre.» Yo le envío con Federico idéntico mensaje. Estos y los anillos que ella y yo llevamos, constituyen todo lo que hoy me une a la reina de Ruritania. Porque—más noble y grande, como yo mismo le dije, por ese acto,—ha llevado el cumplimiento de su deber para con su país y su regia estirpe hasta el punto de contraer matrimonio con el Rey, conquistando para éste el amor de sus subditos, asegurando la paz y concordia del país a costa de su propio sacrificio.
Hay momentos en que no me atrevo a pensar en ello, pero en cambio hay otros en los que me pongo a la altura de su abnegación; y entonces doy gracias a Dios por haberme concedido amar a la mujer más noble que existe, a la vez que la más hermosa, y por haber impedido que mi amor llegase a ser un día obstáculo insuperable para el cumplimiento de la altísima misión de Flavia.
¿Volveré a contemplar sus adoradas facciones, aquel pálido rostro y la hermosa cabellera rubia? No lo sé; sobre esto nada, me dice el hado, nada los presentimientos. No lo sé. En este mundo, probablemente—casi con seguridad,—no volveré a verla. ¿Y en otras regiones, en otra vida, de la que hoy no podemos formar concepto ni idea, llegaremos a vernos algún día, juntos, sin nada, que pueda separarnos ni contrariar nuestro amor? Tampoco lo sabemos, ni yo ni nadie. Pero si así no fuese, si nunca he de poder dirigirle la palabra, ni contemplar su dulce rostro, ni oir sus frases de amor, entonces, a este lado de la tumba, viviré como debe vivir el hombre a quien ella ama; y después, lo único que anhelo y pido para el más allá, es el sueño de los sueños.
FIN