—La persona representada en ese grabado...—comenzó a decir.
—¿Y qué?—le interrumpí.—Lo que prueba es que el rey de Ruritania y tu modesto hermano se parecen como dos gotas de agua.
Roberto movió la cabeza negativamente.
—Sí; lo supongo—dijo.—Pero lo que es yo, distingo perfectamente la diferencia entre tu cara y la que esa fotografía representa.
—¿Pero no entre mi cara y la del grabado?
—La fotografía y el grabado se parecen, pero...
—¿Pero qué?
—El grabado se parece más a ti.
Mi hermano es todo un hombre, y a pesar de ser casado y de adorar a su mujer, nunca vacilaría yo en confiarle un secreto mío. Pero aquel secreto no me pertenecía y no podía revelárselo.
—Pues yo—dije resueltamente,—creo que la cara del retrato se me parece más que la otra. Pero de todos modos, Roberto, no iré a Estrelsau.