—¡Cielo santo!—exclamó arrojando la fotografía sobre la mesa.
—¿Y tú qué dices, Roberto?—pregunté.
Mi hermano se dirigió a un velador, y empezó a rebuscar en un montón de periódicos, hasta dar con un número de La Ilustración. Abriéndolo, nos señaló un grabado de doble página que representaba la coronación de Rodolfo V en Estrelsau. Puso la fotografía junto al grabado y yo me senté frente a ellos; al lado opuesto de la mesa, contemplándolos. Recordé a Sarto, al general Estrakenz, al cardenal con su ropaje púrpura; vi luego el rostro de Miguel el Negro y por último la esbelta figura de la Princesa. Permanecí largo tiempo absorto en mis recuerdos, hasta que mi hermano me puso la mano sobre el hombro, mirándome fijamente.
—La semejanza, como ves, es grande—le dije.—Creo que no debo de ir a Ruritania.
Rosa, aunque medio convencida, rehusó rendirse.
—No es más que una excusa—dijo.—Lo que hay es que no quieres tornarte el menor trabajo. ¡Cuando pienso que podrías llegar a ser Embajador!
—Pero es que no quiero ser Embajador.
—No te apures, que no llegarás a tanto.
¡Yo que había sido Rey!
Mi linda Rosa nos dejó, muy enojada; y mi hermano, encendiendo un cigarrillo, volvió a mirarme con la mayor curiosidad y fijeza.