—¡Ah! Por lo visto la historia es tan bien conocida aquí como entre nosotros.
—¡Conocida!—exclamó Sarto.—Y como siga usted algún tiempo en el país no habrá en toda Ruritania quien la dude.
Empecé a sentirme algo inquieto. Si hubiera sabido hasta qué punto podía leerse mi genealogía en mi aspecto, lo hubiera pensado mucho antes de visitar a Ruritania. Pero a lo hecho pecho.
En aquel momento se oyó una voz imperiosa entre los árboles:
—¡Federico! ¿Dónde te has metido, hombre?
Tarlein se sobresaltó y dijo apresuradamente:
—¡El Rey!
El viejo Sarto se limitó a reírse con sorna.
No tardó en aparecer un joven, a cuya vista lancé una exclamación de asombro; y él, al verme, retrocedió un paso, no menos atónito que yo. A no ser por mi barba, por cierta expresión de dignidad debida a su alto rango y también por media pulgada menos de estatura que él podía tener, el rey de Ruritania hubiera podido pasar por Rodolfo Raséndil y yo por el rey Rodolfo.
Permanecimos un momento inmóviles, contemplándonos. Después me descubrí y saludé respetuosamente. El Rey recobró entonces el uso de la palabra y preguntó con extrañeza: