Me arrodillé y le tomé el pulso, cuya lentitud y debilidad eran alarmantes.

—¿Narcótico?... ¿la última botella?—pregunté con voz apenas perceptible.

—Vaya usted a saber—dijo Sarto.

—Hay que llamar a un médico.

—No encontraríamos uno en tres leguas a la redonda; y además ni cien médicos son capaces de hacerlo ir a Estrelsau. Sé muy bien en qué estado se halla. Todavía seguirá seis o siete horas por lo menos sin mover pie ni mano.

—¿Y la coronación?—exclamé horrorizado.

Tarlein se encogió de hombros, como tenía por costumbre.

—Tendremos que avisar que está enfermo—dijo.

—Me parece lo único que podemos hacer—asentí.

El viejo Sarto, en quien la francachela de la víspera no dejara el más leve rastro, había encendido su pipa y fumaba furiosamente.