—Si no lo coronan hoy—dijo,—apuesto un reino a que no lo coronan nunca.

—¿Pero, por qué?

—Toda la nación, puede decirse, está esperándolo allá en la capital con la mitad del ejército, y digo, con Miguel el Negro a la cabeza. ¿Mandaremos a decirles que el Rey está borracho?

—¡Que está enfermo!

—¿Enfermo?—repitió Sarto con sarcasmo.—Demasiado saben la enfermedad que le aqueja. No sería la primera vez.

—Digan lo que quieran—repuso Tarlein con desaliento.—Yo mismo llevaré la noticia y la daré lo mejor que sepa y pueda.

—¿Creen ustedes que el Rey está bajo la influencia de un narcótico?—preguntó Sarto.

—Yo sí lo creo—repliqué.

—¿Y quién es el culpable?

—Ese infame, Miguel el Negro—rugió Tarlein.