—Así es—continuó el veterano;—para que no pudiera concurrir a la coronación. Raséndil no conoce todavía a nuestro sin par Miguel. Pero usted, Tarlein, ¿cree usted que el Duque no tiene ya elegido candidato al trono, el candidato de la mitad de los habitantes de Estrelsau? Tan cierto como hay Dios, Rodolfo pierde la corona si no se presenta hoy en la capital. Cuidado que yo conozco a Miguel el Negro.
—¿No podríamos llevarlo nosotros mismos a la ciudad?—pregunté.
—Bonita figura haría—dijo Sarto con profundo desprecio.
Tarlein ocultó el rostro entre las manos. La respiración del Rey se hizo más ruidosa y Sarto lo empujó con el pie.
—¡Maldito borracho!—murmuró.—¡Pero es un Elsberg, es el hijo de su padre, y el diablo me lleve si permito que Miguel el Negro usurpe su puesto!
Permanecimos en silencio algunos instantes; después Sarto, frunciendo las pobladas cejas y retirando su pipa de la boca, dijo dirigiéndose a mí:
—A medida que el hombre envejece cree en el hado. El hado lo ha traído a usted aquí y el hado lo lleva también a Estrelsau.
—¡Cielo santo!—murmuré, retrocediendo tembloroso.
Tarlein me miró con viva ansiedad.
—¡Imposible!—dije sordamente.—Lo descubrirían.