—Es una posibilidad contra una certeza—dijo Sarto.—Si se afeita usted apuesto a que nadie duda que sea el Rey. ¿Tiene usted miedo?
—¡Señor mío!
—¡Vamos, joven, calma! Ya sabemos que si lo descubren le cuesta a usted la vida, y también a mí y a Federico. Pero si se niega usted, le juro que Miguel el Negro se sentará en el trono antes de que acabe el día y el Rey yacerá en una prisión o en su tumba.
—El Rey no lo perdonaría nunca—balbuceé.
—¿Pero somos mujerzuelas o qué? ¿Quién se cuida de que el Rey perdone o no?
Medité profundamente, y en la habitación no se oía otro rumor que el tic-tac del reloj, cuyo péndulo osciló cincuenta, sesenta, setenta veces; por fin mi rostro debió reflejar mis pensamientos, porque de repente el viejo Sarto asió mi mano y exclamó conmovido:
—¿Irá usted?
—Sí, iré—dije mirando el postrado cuerpo del Rey.
—Esta noche—continuó Sarto apresuradamente y en voz baja,—debemos pasarla en palacio, de acuerdo con el programa trazado de antemano. Pues bien, apenas nos dejen solos, se queda Federico de guardia en la cámara del Rey, montamos a caballo usted y yo y nos venimos aquí a escape. El Rey estará esperándonos, informado de todo por José, e inmediatamente se pondrá conmigo camino de Estrelsau, mientras que usted saldrá disparado para la frontera, como si lo persiguiera una legión de demonios.
Comprendí el plan en un instante e hice un ademán de aprobación.