—Siempre es una probabilidad—dijo Tarlein,—que por primera vez mostraba alguna confianza en el proyecto.
—Si antes no descubren la substitución—indiqué.
—¡Y si la descubren, yo me encargo de mandar a Miguel el Negro a los profundos infiernos antes de que me toque el turno, como hay Dios!—exclamó Sarto.—Siéntese usted en esa silla, joven.
Obedecí y él se precipitó fuera de la habitación, gritando: «¡José, José!» Volvió a los dos minutos y José con él, trayendo este último un jarro de agua caliente, jabón y navajas de afeitar. El pobre mozo tembló al oir las explicaciones que el coronel creyó necesario darle antes de decirle que me afeitase.
De repente Tarlein se dio una palmada en la frente exclamando:
—¡Pero la guardia, la guardia de honor, que vendrá aquí, verá y se enterará de todo!
—¡Bah! No la esperaremos. Iremos a caballo a la estación de Hofbau, donde tomaremos el tren, y cuando llegue la guardia ya habrá volado el pájaro.
—¿Y el Rey?
—En el sótano, adonde lo voy a transportar ahora mismo.
—¿Y si lo descubren?