—No lo descubrirán. José se encargará de despistarlos.
—Pero...
—¡Basta ya!—rugió Sarto, dando una patada en el suelo.—¡Por vida de! ¿No sé yo lo que arriesgamos? Si lo descubren no se verá en peor predicamento que si no lo coronan hoy en Estrelsau.
Hablando así abrió la puerta de par en par e inclinándose asió y levantó en sus brazos el cuerpo del Rey, dando prueba de un vigor que yo estaba lejos de suponerle. En aquel instante apareció en la puerta la madre de Juan el guardabosque. Permaneció allí algunos momentos y sin manifestar la menor sorpresa nos volvió la espalda y se alejó por el corredor.
—¿Habrá oído?—preguntó Tarlein.
—¡Yo le cerraré la boca!—dijo Sarto con siniestro acento;—y salió llevándose el cuerpo inerte del Rey.
Por mi parte, me dejé caer, medio alelado, en amplio sillón, y José procedió a rasurarme sin pérdida de momento; no tardó en desaparecer mi pobre barba, quedando mi cara tan monda como la del Rey. Al mirarme Tarlein, no pudo menos de exclamar, asombrado:
—¡Por Dios vivo! ¡Ahora sí que realizaremos nuestro plan.
Eran las seis y no teníamos tiempo que perder. Sarto me llevó apresuradamente al cuarto del Rey, donde me puse el uniforme de coronel de la Guardia Real, no olvidando preguntar a Sarto, mientras me calzaba las botas, qué había sido de la vieja.
—Me juró que nada había oído—contestó el coronel;—pero para mayor seguridad la até de manos y pies, la amordacé de firme y la tengo bajo llave en la carbonera, pared por medio del sótano donde duerme el Rey. José cuidará de ambos más tarde.