No pude reprimir la risa y el mismo Sarto me imitó.

—Me figuro—continuó,—que cuando José anuncie a la escolta la partida del Rey, la atribuirán a que nos temíamos una mala pasada. Desde luego juraría que Miguel el Negro no espera ver hoy al Rey en Estrelsau.

Me puse el casco y Sarto me entregó la regia espada, mirándome prolongada y cuidadosamente.

—¡Gracias a Dios que el Rey se afeitó la barba!—exclamó.

—¿Por qué lo hizo?—pregunté.

—Porque la princesa Flavia así lo quiso. Y ahora, a caballo.

—¿Está todo seguro aquí?

—Nada está seguro hoy, pero cuanto podemos hacer está hecho.

En aquel momento se nos unió Tarlein, que vestía uniforme de capitán del mismo regimiento que yo, y a Sarto le bastaron cinco minutos para ponerse también su respectivo uniforme. José anunció que los caballos estaban listos; montamos y partimos al trote rápido. Había empezado la peligrosa aventura. ¿Cuál sería su término?

El aire fresco de la mañana despejó mi cabeza y pude darme perfecta cuenta de cuanto me iba diciendo Sarto, que mostraba sorprendente serenidad. Tarlein apenas habló y cabalgaba como si estuviera dormido; pero Sarto, sin dedicar una sola palabra más al Rey, empezó a instruirme desde luego en mil cosas que necesitaba saber, a enseñarme minuciosamente todo lo relativo a mi vida pasada, a mi familia, mis gustos, ocupaciones, defectos, amigos y servidores. Me detalló la etiqueta de la Corte de Ruritania, prometiendo hallarse constantemente a mi lado para indicarme los personajes a quienes yo debía conocer y la mayor o menor ceremonia con que convenía recibirlos y tratarlos.