—Y a propósito—me dijo,—¿supongo que es usted católico?
—No por cierto—contesté.
—¡Santo Dios, un hereje!—gimió el veterano; y en seguida me enumeró una porción de prácticas y ceremonias del culto católico que me importaba conocer.
—Afortunadamente—continuó,—no se esperará que esté usted muy al tanto, porque el Rey se ha mostrado ya bastante descuidado e indiferente en materia de religión. Pero hay que aparecer lo más afable del mundo con el cardenal, a quien esperamos atraer a nuestro partido ahora que tiene una cuestión pendiente con Miguel el Negro sobre asuntos de procedencia.
Llegamos a la estación, y Tarlein, que había recobrado en parte su presencia de ánimo, dijo brevemente al sorprendido jefe de estación, que el Rey había tenido a bien modificar sus planes. Llegó el tren, tomamos asiento en un coche de primera, y Sarto, cómodamente arrellanado, reanudó su lección. Consulté mi reloj, mejor dicho el reloj del Rey, y vi que eran las ocho en punto.
—¿Habrán ido a buscarnos?—¡pregunté.
—¡Con tal que no descubran al Rey!—dijo Tarlein inquieto, mientras que el impasible Sarto se encogía de hombros.
A las nueve y media vi por la ventanilla las torres y los edificios más elevados de una gran ciudad.
—Vuestra capital, señor—dijo Sarto con cómica reverencia, e inclinándose me tomó el pulso.—Algo agitado—continuó con su eterno tono gruñón.
—¡Como que no soy de piedra!—exclamé.