—Pero servirá usted para el caso—dijo satisfecho.—En cambio este Federico de mis pecados parece sufrir un ataque de tercianas. ¡Saca el frasco, muchacho, y toma un trago!

Tarlein lo hizo como se lo decían.

—Llegamos con una hora de anticipación—observó Sarto.—En cuanto echemos pie a tierra enviaremos aviso de la llegada de Vuestra Majestad, porque lo que es ahora no habrá nadie esperándonos. Y entretanto...

—Entretanto—dije yo,—el Rey acabará por darse a Satanás si tiene que seguir mucho tiempo todavía sin almorzar.

El viejo Sarto se rió socarronamente y me tendió la mano.

—¡Es usted un verdadero Elsberg!—dijo. Después nos miró detenidamente y exclamó:—¡Dios haga que nos veamos vivos esta noche!

—¡Amén!—fue el comentario de Federico de Tarlein.

El tren se detuvo. Mis dos compañeros bajaron al andén, descubriéndose y dejando abierta la portezuela del coche. Por un momento fui presa de una profunda emoción. Después afirmé el casco sobre mi cabeza, dirigí al Cielo (lo confieso sin avergonzarme) una breve y ferviente súplica, y bajé al andén de la estación de Estrelsau.

Momentos después todo era movimiento y confusión; hombres que se acercaban apresuradamente, sombrero en mano, y partían con no menor celeridad; otros que me conducían al restaurant de la estación, jinetes que salían a escape con dirección a los cuarteles, a la catedral, a la residencia del duque Miguel. Tomaba yo el último sorbo de mi taza de café cuando se oyeron los alegres tañidos de las campanas en toda la ciudad, y poco después llegaron a mis oídos los acordes de una banda de música y las primeras aclamaciones de la multitud.

¡El rey Rodolfo V se hallaba en su leal ciudad de Estrelsau!