—¡Viva el Rey!—gritaba el pueblo fuera de la estación.—¡Dios proteja a nuestro Soberano!

En los labios del viejo Sarto apareció irónica sonrisa.

—¡Dios los proteja a los dos!—le oí murmurar.—¡Animo, joven!—y su mano estrechó disimuladamente la mía.

V

aventuras de un suplente

Volví al andén seguido de cerca por Federico de Tarlein y el coronel Sarto, y lo primero que hice fue cerciorarme de que tenía el revólver a mano y de que mi espada salía fácilmente de la vaina. Me esperaba un alegre grupo de jefes militares y grandes dignatarios y al frente de ellos un anciano alto, de porte marcial y cubierto el pecho de cruces y medallas. Ostentaba la banda roja y amarilla de la Rosa de Ruritania que, dicho sea de paso, decoraba también mi indigno pecho.

—El general Estrakenz—murmuró Sarto, haciéndome saber así que me hallaba en presencia del más famoso veterano del ejército de Ruritania.

Detrás del General se hallaba un hombrecillo que vestía amplio ropaje rojo y negro.

—El Canciller del Reino—murmuró Sarto.

El General me saludó con algunas leales palabras y en seguida me presentó las excusas del duque de Estrelsau. Al parecer, éste era víctima de una indisposición súbita que le impedía venir a la estación, pero me rogaba que le permitiese esperarme en la catedral. Manifesté mi sentimiento, acepté bondadosamente las excusas del General y recibí los plácemes de muchos y muy distinguidos personajes. Ninguno manifestó la menor sospecha y sentí que iba recobrando la serenidad y que mi corazón latía menos apresuradamente. Pero Tarlein seguía pálido y noté que le temblaba la mano al dársela al General.