—Sigan andando los que me preceden—mandé,—hasta llegar a cincuenta varas de mí; y usted, General, y el coronel Sarto, esperarán aquí con el resto de la escolta hasta que yo también me haya adelantado otras cincuenta varas. Quiero ir absolutamente solo, para demostrar a mi pueblo que tengo confianza en él.
Sarto extendió una mano hacia mí, y el General pareció vacilar.
—¿No han sido comprendidas mis órdenes?—pregunté; y el General, mordiéndose otra vez el bigote, dio las órdenes necesarias.—Vi que Sarto se sonreía ligeramente, pero también me hizo con la cabeza una señal negativa. Cierto es que si me hubieran asesinado aquel día en las calles de Estrelsau, el bueno de Sarto se hubiera visto en apurado trance.
No estará de más decir aquí que yo llevaba puesto un uniforme blanco y cruzada al pecho la ancha banda de la rosa; el casco era de plata con adornos de oro, y las altas botas de montar completaban mi atavío. Hubiera sido hacer una injusticia al Rey el no confesar, modestia aparte, que con aquellos arreos hacía yo muy buena figura a caballo. Tal fue también la opinión del pueblo, pues al adelantarme aislado por las callejas sombrías y apenas decoradas de la Ciudad Vieja, se oyó primero un murmullo, después una aclamación, y una viejecilla asomada al balcón de una casucha, repitió en alta voz el dicho tradicional y popularísimo:
—«¡Es rojo, luego es bueno!»
Al oirla me sonreí y quitándome el casco mostré al pueblo mi roja cabeza, acto que fue acogido con grandes aclamaciones.
Cabalgando solo, el paseo era mucho más interesante para mí, porque podía oir los comentarios del pueblo.
—Parece más pálido que de costumbre—dijo uno.
—Y tú parecerías un espectro si llevaras la vida que él hace—fue la irrespetuosa respuesta de otro.
—Es más alto de lo que yo creía—comentó un tercero.