—Sus retratos no le hacen mucho favor—dijo una bonita muchacha, cuidando de que yo la oyese. Pura lisonja, sin duda.
Pero, a pesar de aquellas muestras aisladas de aprobación e interés, la mayoría de la población miguelista me recibió en silencio y con ceñudos semblantes, y en gran número de casas se veía el retrato de mi muy amado hermano, irónica manera de dar la bienvenida al Rey. Me alegré de que éste no estuviera allí para presenciar el nada grato espectáculo. Era Rodolfo de carácter poco sufrido y probablemente no lo hubiera tomado con la imperturbable calma que yo demostré.
Llegamos por fin a la catedral, cuya gran mole de piedra obscura, embellecida con numerosas estatuas y las puertas más primorosas entre las de todos los templos de Europa, se alzaba ante mí por primera vez, haciéndose comprender toda la audacia de mi conducta. Al desmontar vi confusamente cuanto me rodeaba; el General, Sarto y la multitud de sacerdotes y religiosos que a la puerta esperaban. Y con igual vaguedad se me aparecían todos los objetos al recorrer la gran nave central, mientras el órgano dejaba oir sus notas majestuosas. No distinguí la brillante concurrencia que llenaba el templo, y apenas vi al venerable cardenal cuando dejó su solio para recibirme. Tan sólo dos rostros se me aparecieron con toda precisión y claridad: el de una joven, pálido y encantador, realzado por una corona del hermoso cabello rojo de los Elsberg (porque en una mujer es hermosísimo); y el semblante de un hombre cuyas encendidas mejillas, negro cabello y obscuros ojos de penetrante mirada, me anunciaron que me hallaba por fin en presencia de mi hermano, Miguel el Negro. Y al verme, sus mejillas palidecieron de repente y el casco se le escapó de las manos y cayó ruidosamente al suelo. Era indudable que hasta aquel momento no había creído en la presencia del Rey en Estrelsau.
No recuerdo cosa alguna de lo que sucedió después. Me arrodillé ante el altar y el cardenal ungió mi frente; después extendí la mano y tomé de las suyas la corona de Ruritania, que puse sobre mi cabeza, prestando a la vez el juramento regio. Volvió a oirse el órgano, el General ordenó a los heraldos que me proclamasen y Rodolfo V quedó coronado Rey; imponente ceremonia reproducida en un cuadro magnífico que hoy adorna mi comedor. El retrato del Rey es acabadísimo.
La dama de pálido rostro y encantadora cabellera se aproximó entonces, sostenida la cola del vestido por dos pajecillos, y el heraldo anunció:
—¡Su Alteza Real la princesa Flavia!
Hízome profunda reverencia y tomando mí mano la beso. Vacilé un momento. Después la atraje hacia mí y deposité dos besos en sus mejillas, que coloreó el rubor. Tras ella, Su Eminencia el cardenal llevó también mi mano a sus labios y me presentó una carta autógrafa de Su Santidad, ¡la primera y la última que he recibido de tan elevado personaje!
Vino después el duque de Estrelsau. Juraría que le temblaban las piernas y miraba a derecha e izquierda como si hubiera querido huir de allí; tenía el rostro amoratado, y al tomar mi mano con las agitadísimas suyas para besarla, noté que sus labios estaban secos y ardientes. Dirigí una rápida mirada a Sarto, que se sonreía socarronamente, y resuelto a cumplir mi deber hasta el fin, en la posición que me había deparado la suerte, abracé a mi muy amado Miguel y le di un beso fraternal. No dudo que uno y otro nos alegramos de ver terminada aquella comedia.
Pero ni en el rostro de la Princesa, ni en el de ninguna otra persona allí presente, noté el menor indicio de duda o extrañeza. Si el Rey hubiera estado a mi lado, habrían podido distinguirnos sin gran dificultad. Pero no podían imaginarse que yo fuese otro que el Rey, tanta era nuestra semejanza; y allí permanecí por espacio de una hora, tan a mis anchas y al fin tan fatigado por la ceremonia como si hubiese sido Rey toda la vida. Continuó el besamanos y me saludaron también todos los miembros del cuerpo diplomático extranjero, entre ellos lord Tofán, el Embajador inglés, en cuyos salones de la Plaza Grosvenor de Londres, había bailado yo una docena de veces. A Dios gracias, el buen señor era medio cegato y no se dio por entendido.
Vino después el regreso por las calles de la capital hasta palacio, y no dejé de oir algunos vivas al duque Miguel, quien, según me dijo después Tarlein, iba royéndose las uñas y como absorto en negros pensamientos, tan anonadado que hasta sus mismos admiradores convinieron en que debió haber mostrado menos desaliento. Hice el camino de regreso en una carretela descubierta, teniendo a mi lado a la princesa Flavia, lo cual hizo exclamar a un palurdo: