—Te aseguro, mi querida prima, que nada en mi vida me ha afectado tan profundamente como la recepción de que he sido objeto hoy.

Volvió a aparecer su animada sonrisa, que se disipó un instante después, al murmurar:

—¿Reparaste en Miguel?

—Sí, no parecía muy satisfecho que digamos.

—¡Tén cuidado! No le vigilas bastante, estoy segura de ello. Ya sabes que...

—Sí, ya sé que ambiciona precisamente lo que yo poseo.

—Eso es. ¡Silencio!

Entonces (y el hecho no tiene justificación posible, porque obligué y comprometí al Rey mucho más de lo que tenía derecho a hacer) me sentí dominado por la hermosa y continué:

—Y también algo más que no poseo aún, pero que espero conquistar algún día.

De haber sido yo el Rey, la respuesta que recibí me hubiera parecido suficientemente animadora: