—¿No crees, primo, haber contraído hoy bastantes responsabilidades para un solo día?

El estampido de los cañones y el toque penetrante de las cornetas nos anunciaron que habíamos llegado al palacio. Nos esperaban guardias y lacayos formados en largas hileras; y dando la mano a la Princesa subí con ella la gran escalera del regio edificio, morada de mis antepasados, de la cual tomé posesión como Rey coronado. Me senté después a mi propia mesa, teniendo a mi derecha a la Princesa, al otro lado de ésta a Miguel el Negro y a mi izquierda al venerable cardenal. Detrás de mi sillón se hallaba el coronel Sarto, y al otro extremo de la mesa vi a Federico de Tarlein, quien, por cierto, apuró su primera copa de champaña algo antes de lo que en rigor se lo permitía la etiqueta.

No pude menos de preguntarme qué estaría haciendo en aquel momento el rey de Ruritania.

VI

el secreto de un sótano

Nos hallábamos en el gabinete del Rey, Federico de Tarlein, Sarto y yo. Me dejé caer rendido en un sillón de brazos. Sarto encendió su pipa y aunque no formuló la menor felicitación por el maravilloso éxito de nuestra descabellada tentativa, su aspecto revelaba claramente la satisfacción, de que estaba poseído. Cuanto a Tarlein, nuestro triunfo y algunas copas de buen vino habían hecho de él otro hombre.

—¡Qué recuerdo para usted el de este día!—exclamó.—Confieso que yo también quisiera ser Rey por doce horas. Pero cuidado, Raséndil, con tomar su papel muy por lo serio. No me admira que Miguel el Negro pareciese hoy más negro y tétrico que nunca, visto que usted y la Princesa parecían tener tantas cosas que decirse.

—¡Qué hermosa es!—exclamé.

—Prescindamos de ella—dijo Sarto.—¿Está usted pronto a partir?

—Sí—contesté con un suspiro.