Eran las cinco y a las doce volvería a convertirme en Rodolfo Raséndil, transformación a la cual me referí chanceándome.
—Y afortunado será usted—comentó Sarto,—si a las doce no es el finado Roberto Raséndil. ¡Vive el cielo! No sentiré mi cabeza segura sobre los hombros mientras se halle usted en la ciudad. ¿Sabe usted, amigo Raséndil, que el duque Miguel ha recibido hoy noticias de Zenda? Se retiró a una habitación para leerlas a solas y al salir parecía aturdido.
—Estoy pronto—dije, sintiéndome menos dispuesto que nunca a prolongar mi permanencia en Estrelsau.
—Tengo que extender un permiso para que podamos salir de la ciudad—continuó Sarto, sentándose.—Miguel es Gobernador de la plaza, como ustedes saben y hay que esperar que no nos faltarán obstáculos. El documento tiene que firmarlo usted.
—Querido coronel, no he nacido para falsificador.
Sarto sacó un papel del bolsillo.
—Aquí está la firma del Rey—dijo.—Y aquí tengo un pliego de papel de calco. Si en diez minutos no consigue usted escribir «Rodolfo» de una manera presentable, lo escribiré yo.
—Pues escríbalo usted desde luego—dije,—que mi habilidad no llega a tanto.
El coronel puso manos a la obra y no tardó en presentarnos una falsificación muy pasable.
—Y ahora, Federico—prosiguió,—el Rey se retira porque está muy fatigado, no sin ordenar que no se permita la entrada en su cámara a nadie hasta mañana a las nueve. A nadie ¿comprende usted?