—Comprendo perfectamente.

—Puede que se presente Miguel pidiendo audiencia inmediata. Contestará usted que sólo los Príncipes de la sangre tienen derecho a ello.

—Bueno se pondrá el Duque—replicó Tarlein echándose a, reír.

—¿Queda bien entendido?—repitió Sarto.—Si la puerta de la cámara real se abre durante nuestra ausencia, ha de ser después de muerto usted...

—No hay para qué recordármelo, coronel—repuso Tarlein con altivez.

—Ahora, envuélvase usted en esta amplia capa—continuó Sarto dirigiéndose a mí,—y póngase esta gorra de cuartel. Es usted mi ordenanza, que me acompaña esta noche al pabellón de caza que usted sabe.

—Hay un obstáculo—dije,—y es que no existe caballo capaz de recorrer más de quince leguas conmigo a cuestas.

—Por eso montará usted dos, uno aquí y otro en Zenda. ¿Estamos listos?

—Por mi parte lo estoy—contesté.

Tarlein me tendió la mano.