—Por si acaso—dijo;—y nos estrechamos la mano cordialmente.

—¡Nada de niñerías!—gruñó el coronel.—¡En marcha!

Pero en lugar de dirigirse a la puerta se acercó a la pared del fondo.

—En tiempo del viejo Rey—dijo,—hacíamos uso frecuente de este camino.

Le seguí y anduvimos cosa de doscientas varas por un estrecho corredor, hasta llegar a maciza puerta de roble, que Sarto abrió. Salimos y nos hallamos en una solitaria calle a la que daban los jardines de la parte de atrás del palacio. Allí nos esperaba un hombre con dos caballos; uno alazán, magnífico, de gran alzada y el otro bayo, no menos fuerte y brioso. Sarto me indicó que montase el primero y sin decir palabra nos pusimos en marcha. Animada y bulliciosa estaba la ciudad, pero tomamos las calles menos concurridas, cubierta yo la mitad del rostro con la capa y bien calada la gorra para ocultar en lo posible mis delatores cabellos. Hallamos pocos transeuntes en nuestro tortuoso camino, y cuando llegamos a las murallas se oía todavía el tañido de las campanas que daban la bienvenida al Rey. Eran las seis y media y no había obscurecido aún.

—Mano al revólver—me dijo Sarto al acercarnos a una puerta.—Si el guarda se da por entendido hay que cerrarle la boca para siempre.

Empuñé mi arma. Sarto llamó y vimos acercarse a una chiquilla de trece o catorce años. La suerte nos favorecía.

—Mi padre ha ido a ver al Rey, señor oficial—dijo.

—Pues para eso mejor hubiera hecho en quedarse aquí—me dijo Sarto con sorna y a media voz.

—Pero me encargó que no abriese la puerta.