—¡Adelante!—exclamó,—y poniendo espuelas al caballo se lanzó al galope.
Cuando volvimos a detenernos nada oímos, pero a poco se repitió el rumor. El coronel desmontó y aplicó el oído a tierra.
—Son dos—dijo,—y están a un cuarto de legua. Por fortuna el camino es tortuoso y la dirección del viento nos favorece.
Galopamos de nuevo, logrando mantener la misma distancia entre nosotros y los que sin duda nos perseguían. Habíamos llegado al bosque de Zenda y a la media hora nos hallamos en una bifurcación del camino. Sarto detuvo su caballo.
—El sendero de la derecha es el nuestro—dijo.—El de la izquierda conduce al castillo y ambos son de unas tres leguas. Desmonte usted.
—¡Pero nos alcanzarán!—exclamé.
—¡Pie a tierra!—repitió bruscamente; y obedecí.
El bosque era espesísimo desde la orilla misma del camino. Ocultamos nuestros caballos entre los árboles, les vendamos los ojos y permanecimos inmóviles junto a ellos.
—¿Quiere usted saber quiénes son?—murmuré
—Sí, y adónde van.