Entonces noté que su diestra empuñaba un revólver. Oíase cada vez más próximo el trote de los caballos. La luna brillaba en toda su plenitud y el camino se destacaba como ancha franja blanca. Nuestras cabalgaduras no habían dejado el menor rastro sobre la tierra endurecida.
—¡Ahí están!—murmuró Sarto.
—¡Es el Duque!
—Me lo figuraba—contestó.
Era el Duque, en efecto; y con él un robusto gañán a quien yo conocía y que más tarde aprendió a conocerme a mí más de lo que hubiera querido; era Máximo Holf, hermano de Juan el guardabosque y criado de Su Alteza. Se hallaban frente a nosotros; el Duque detuvo su caballo y vi que el dedo de Sarto acariciaba el gatillo de su arma. Tengo para mí que hubiera dado diez años de su vida por pegarle un balazo a Miguel el Negro, a quien hubiera podido despachar en aquel momento con tanta facilidad como yo una gallina a diez pasos de mi revólver. Posé la mano sobre su brazo, y movió la cabeza negativamente, para tranquilizarme: el deber ante todo era su máxima.
—¿Qué camino tomaremos?—preguntó el Duque.
—El del castillo, Alteza—aconsejó su compañero.
—Allí sabremos la verdad.
El Duque vaciló un momento.
—Me parecía haber oído pasos de caballo—dijo.