—No creo que nadie nos preceda, Alteza.

—¿Por qué no ir al pabellón de caza?

—Temo una celada. Si «todo va bien,» es inútil ir al pabellón. En caso contrario el aviso no es más que una celada.

De repente el caballo del Duque relinchó. Un momento nos bastó para cubrir las cabezas de los caballos con nuestras capas y después apuntamos al Duque y su compañero con nuestros revólvers. De habernos descubierto los hubiéramos matado allí mismo, o hécholos prisioneros.

—¡A Zenda, pues!—exclamó por fin Miguel y clavando las espuelas a su caballo lo lanzó al galope.

Sarto siguió apuntándole, con expresión tan dolorida en el rostro que me costó trabajo no soltar la carcajada. Permanecimos allí diez minutos más.

—Ya lo ha oído usted—dijo Sarto.—Le han mandado a decir que «todo va bien.»

—¿Y qué quieren decir con eso?—pregunté.

—¡Dios sabe!—contestó Sarto frunciendo el ceño.

—Pero es innegable que el mensaje le ha hecho venir de Estrelsau en la mayor incertidumbre.