Montamos otra vez y tomamos el camino del pabellón con toda la rapidez que permitía el cansancio de nuestros caballos. No pronunciamos palabra durante aquel último tramo de nuestra jornada y nos asaltaban mil temores. «Todo va bien.» ¿Qué significaba esa frase? ¿Le habría ocurrido algo al Rey?
Llegamos por fin a la puerta del pabellón, en el que todo parecía tranquilo y silencioso. Nadie acudió a recibirnos y desmontamos precipitadamente. De repente, Sarto oprimió mi brazo.
—¡Mire usted!—exclamó señalando al suelo.
Vi a mis pies cinco o seis pañuelos de seda hechos trizas y me volví hacia él.
—Son los pañuelos con que até a la vieja—me dijo.
—Asegure usted los caballos y sígame.
La puerta cedió sin resistencia y entramos en la habitación donde habíamos cenado la noche anterior, en la que se veían aún los restos de la cena y numerosas botellas vacías.
—¡Adelante!—exclamó Sarto, que por primera vez parecía próximo a perder su maravillosa serenidad.
Nos precipitamos por el corredor en dirección a la entrada del sótano. La puerta de la carbonera estaba abierta de par en par.
—Han descubierto a la vieja—dije.