—Eso ya lo sabía yo desde que vi los pañuelos—repuso el coronel.
Llegamos frente a la puerta del sótano, que estaba cerrada, y al parecer en el mismo estado en que la habíamos dejado aquella mañana.
—Entremos, todo va bien—dije.
Me contestó una violenta imprecación de Sarto, cuyo rostro palideció a la vez que señalaba al suelo con el dedo. Por debajo de la puerta se extendía una gran mancha roja que cubría parte del pasillo del sótano. Sarto se apoyó en la pared opuesta a la puerta. Traté de abrir ésta, pero estaba cerrada.
—¿Dónde está José?—preguntó Sarto.
—¿Dónde está el Rey?—fue mi respuesta.
El veterano sacó un frasco y lo llevó a los labios. Por mi parte volví corriendo al comedor y tomé del hogar una sólida barra de hierro destinada a atizar el fuego. Lleno de terror, desatinado, descargué con ella fuertes golpes sobre la puerta y por último disparé mi revólver contra la cerradura, que saltó en pedazos y se abrió la puerta.
—¡Venga una luz!—dije,—pero Sarto siguió apoyado en la pared, inmóvil.
Estaba, naturalmente, más conmovido que yo porque amaba profundamente a su señor. No temía por sí mismo, nadie hubiera creído de él semejante cosa; pero le aterrorizaba el pensar en lo que podía revelarnos aquel sótano. Fui al comedor, tomé de la mesa un candelero de plata y encendí una vela: la esperma hirviente que cayó sobre mi mano, reveló cómo temblaba ésta, y cuán disculpable era la agitación de Sarto.
Llegué a la puerta del sótano, la mancha roja, de color más obscuro en los bordes, se extendía al interior. Penetré unas dos varas en el sótano y elevé la vela. Vi las pipas de vino formando hilera, algunas arañas que corrían por la pared, un par de botellas vacías en el suelo y más allá, en un rincón, el cuerpo de un hombre tendido de espaldas, con los brazos abiertos y una sangrienta herida en el cuello. Me dirigí a él, me arrodillé a su lado y encomendé a Dios el alma de aquel fiel servidor. Porque era el cuerpo del pobre José, muerto en defensa del Rey.