Sentí que una mano se posaba sobre mi hombro y volviéndome vi los ojos brillantes y espantados de Sarto.

—¡El Rey, Dios mío, Rey!—articuló sordamente.

Dirigí la luz de la vela a todos los rincones del sótano.

—El Rey no está aquí—dije.

VII

su majestad duerme en estrelsau

Rodeé la cintura de Sarto con mi brazo y sosteniéndole le hice salir del sótano, cuya destrozada puerta cerré lo mejor que pude. Permanecimos en el comedor, sentados y silenciosos unos diez minutos. Después el viejo Sarto se frotó los ojos, dio un profundo suspiro y pareció recobrar su calma habitual. Al oir la una en el reloj de repisa, golpeó fuertemente el suelo con el pie y exclamó:

—¡Se han apoderado del Rey!

—Sí—contesté.—«¡Todo va bien!» como decía el despacho recibido por el Duque. ¡Qué rato pasaría al oir esta mañana las salvas que saludaban al Rey! ¿Cuándo recibió el mensaje?

—Debió de ser por la mañana. Se lo enviaron probablemente antes de que llegase a Zenda la noticia de la presencia de usted en Estrelsau; porque supongo que el mensaje lo mandaron de Zenda.