—¡Y lo ha llevado encima todo el santo día!—exclamé.—Bien puedo decir que no soy el único que ha pasado un día de prueba. ¿Pero qué pensaría él de todo esto, Sarto?
—¿Qué nos importa? Pregunte usted más bien qué es lo que piensa ahora.
—Tenemos que volver a la capital—dije poniéndome de pie apresuradamente.—Importa reunir en seguida cuantas fuerzas hay allí y ponernos en persecución de Miguel antes de mediodía.
Sarto sacó su pipa, la llenó y la encendió cuidadosamente en la vela que goteaba sobre la mesa.
—¡Quizá estén asesinando al Rey mientras seguimos aquí cruzados de brazos!—exclamé.
Sarto continuó fumando en silencio.
—¡Maldita vieja!—gruñó por fin.—Lograría atraer su atención de alguna manera. Me figuro lo ocurrido. Vinieron a apoderarse del Rey y como digo, de una manera ú otra dieron con él. Si no hubiera usted ido a Estrelsau, usted, Federico y yo estaríamos a estas horas en el reino de los Cielos.
—¿Y el Rey?
—¿Quién sabe dónde está el Rey en este momento?
—¡Partamos!—exclamé; pero Sarto siguió inmóvil. Y de repente se echó a reír.