—¡Por vida de!—exclamó;—no le hemos dado mal sofocón a Miguel el Negro.
—¡Vamos, vamos!—repetí.
—¡Y no es malo tampoco el que le espera!—añadió con aviesa sonrisa que acentuó las arrugas de su atezado rostro.—Corriente, joven, volveremos a Estrelsau. El Rey estará otra vez mañana en su capital.
—¿El Rey?
—¡El Rey coronado hoy!
—¿Está usted loco?—exclamé.
—Si volviéramos y confesásemos la jugada que les hemos hecho ¿cuánto daría usted por nuestras vidas?
—Ni más ni menos que lo que valen.
—¿Y por el trono del Rey? ¿Se imagina usted que a los nobles y al pueblo les hará pizca de gracia verse burlados como los ha burlado usted? ¿Cree usted que seguirán amando y respetando a un Rey que, demasiado borracho para ser coronado, les envió a su criado para que lo representase en aquel acto?
—¡El Rey fue víctima de un narcótico y yo no soy su criado!