—Me limito a dar la versión que hará de lo ocurrido Miguel el Negro.
Dejó su asiento, se me acercó y posando la mano sobre mi hombro, dijo:
—Raséndil, si se porta usted como un hombre, todavía puede usted salvar al Rey. ¡A Estrelsau otra vez, a conservarle su trono!
—Pero el Duque lo sabe todo, los villanos que le sirven han averiguado...
—Pero no pueden decir palabra!—gritó Sarto con expresión de triunfo.—Los tenemos en nuestro poder. ¿Cómo han de denunciarle a usted sin denunciarse a sí mismos? ¿Osarán decir al país: «Ese hombre es un impostor, porque al verdadero Rey lo tenemos nosotros prisionero y hemos asesinado a su servidor?» ¿Pueden hacer tal cosa?
La situación se me apareció de repente con toda claridad. Me conociese o no el Duque, tenía que callarse. ¿Qué podía hacer mientras no presentase al verdadero Rey? Y si éste apareciese, ¿qué sería del Duque? Por un momento me sentí convencido, pero no tardé en comprender todas las dificultades del proyecto.
—Me descubrirán—dije.
—Quizás, pero entretanto cada hora que ganemos vale mucho. Ante todo, es indispensable que tengamos un Rey en Estrelsau, o, de lo contrario, Miguel será dueño de la ciudad en veinticuatro horas. Y entonces ¿qué valdría la vida del Rey? ¿dónde estaría su trono? ¡Joven, tiene usted que aceptar!
—¿Y si matan al Rey?
—Lo matarán si es que no lo mata usted.