—¿Y si lo han asesinado ya?
—En tal caso ¡voto a sanes! tan buen Elsberg es usted como Miguel el Negro y reinará usted en Ruritania. Pero no creo que le hayan dado muerte; como tampoco lo harán mientras siga usted en el trono. Matar al verdadero Rey, en tales condiciones, sería en beneficio exclusivo de usted.
Era un plan descabellado, una empresa más loca y difícil aún que la jugarreta anterior tan felizmente terminada por mi parte; pero al escuchar a Sarto pude ver y apreciar las ventajas que teníamos a nuestro favor. Además, era yo joven, activo y se me ofrecía un papel tal y en tales circunstancias como jamás le había tocado en suerte a ningún hombre.
—Me descubrirán—repetí.
—Quizás—volvió a decir Sarto.—¡Vamos a Estrelsau! Mire usted que si seguimos aquí nos van a coger como en una ratonera.
—¡Sarto!—exclamé.—¡voy a intentarlo!
—¡Bien, joven, bien! Ahora sólo falta que nos hayan dejado los caballos que tenía aquí de repuesto. Voy a ver.
—Pero tenemos que dar sepultura a ese infeliz—dije.
—No hay tiempo para eso.
—Pues he de hacerlo.