—¡El demonio me lleve!—gruñó.—Lo hago a usted Rey, y... Bueno, pues lo enterraremos. Vaya usted a traerlo mientras yo procuro los caballos. No será muy profunda la fosa, pero dudo que al muerto le importe gran cosa. ¡Pobre José! Era todo un hombre.
Salió y yo bajé al sótano. Tomé el cuerpo en mis brazos y lo llevé por el corredor hasta cerca de la puerta del pabellón, donde lo deposité en el suelo, recordando, que necesitábamos azadones para cavar la fosa. En aquel momento regresó Sarto.
—Los caballos están ahí—dijo—Uno de ellos es hermano del que le trajo a usted aquí. Cuanto al oficio de sepulturero, puede usted ahorrarse ese trabajo.
—No me iré hasta dejar a José bajo tierra.
—¡A que sí!
—No, coronel; ni que me diera usted a todo Ruritania.
—¡Terco!—exclamó.—Venga usted aquí.
Me llevó a la puerta. La luna iluminaba el camino y vi a cosa de quinientas varas un grupo de hombres que se acercaban por el camino de Zenda. Eran siete ú ocho, cuatro de ellos a caballo, y vi que llevaban al hombro palas y azadones.
—Esos le ahorrarán a usted el trabajo—dijo Sarto.—Vámonos.
Tenía razón.—Los que llegaban eran sin duda servidores de Miguel, enviados para hacer desaparecer las huellas de su crimen. Ya no vacilé, pero se apoderó de mí un deseo irresistible de castigarlos, y señalando al cadáver del pobre José, dije a Sarto: