—Venguémoslo, coronel!

—¿Desea usted proporcionarle compañía, eh? Pero no deja de ser arriesgado.

—No me voy sin darles una lección—insistí.

Sarto vaciló.

—Pues bien—dijo,—no es lo más acertado, pero se ha conducido usted bien y hay que complacerle. Después de todo, si caemos nos habremos ahorrado una porción de disgustos y cavilaciones. Yo le diré a usted cómo sorprenderlos.

Cerró cuidadosamente la puerta—que teníamos apenas entreabierta,—y pasando por el interior de la casa llegamos a la puertecilla de atrás, junto a la cual estaban los caballos. En torno del pabellón había un camino destinado a los coches.

—¿Tiene usted a mano el revólver? preguntó Sarto.

—No, quiero caer sobre ellos espada en mano—repliqué.

—¡Diantre! Veo que, se le ha despertado a usted el apetito esta noche. Corriente.

Montamos, desenvainamos las espadas y esperamos unos momentos en silencio. Por fin oímos los pasos de los recién llegados en el camino de coches, al otro lado del pabellón, donde se detuvieron y uno de ellos exclamó: