Observará el lector que mi cuñada, dando muestras de escasísima lógica, se empeñaba en considerar mi rojiza cabellera casi como una ofensa y en hacerme responsable de ella, apresurándose a suponer en mí, sin otro fundamento que esos rasgos externos, cualidades que por ningún concepto poseo, y mostrando como prueba de tan injusta deducción, lo que ella daba en llamar la vida inútil y sin objeto determinado que he llevado hasta la fecha. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que esa vida me ha proporcionado no escaso placer y abundantes enseñanzas. He estudiado en una universidad alemana y hablo el alemán con tanta facilidad y perfección como el inglés; lo mismo digo del francés, mascullo el italiano y sé jurar en español. No tiro mal la espada, manejo la pistola perfectamente y soy jinete consumado. Tengo completo dominio sobre mí mismo, no obstante el color engañador de mis cabellos; y si el lector insiste en que a pesar de todo lo dicho me hubiera valido más dedicarme a algún trabajo útil, sólo añadiré que mis padres me habían dejado en herencia diez mil pesos de renta y un carácter aventurero.
—La diferencia entre tu hermano y tú—prosiguió mi cuñada, que también gusta de sermonear un poco de cuando en cuando,—está en que él reconoce los deberes de su posición y tú no ves más que las ventajas de la tuya. Ahí tienes a Sir Jacobo Borrodale ofreciéndote precisamente la oportunidad que necesitas y que más te conviene.
—¡Gracias mil!—murmuré.
Tiene prometida una embajada para dentro de seis meses, y Roberto está seguro de que te ofrecerá el puesto de agregado. Acéptalo, Rodolfo, aunque sólo sea por complacerme.
Puesta la cuestión en este terreno y con mi cuñadita frunciendo las cejas y dirigiéndome una de sus más irresistibles miradas, no le quedaba a un tunante como yo más remedio que ceder, compungido y pesaroso. Además, pensé que el puesto ofrecido no dejaría de proporcionarme grata oportunidad de divertirme y pasarlo divinamente, y por lo tanto repliqué:
—Mi querida hermana, si dentro de seis meses no se presenta algún obstáculo imprevisto y Sir Jacobo no se opone, que me cuelguen si no me agrego a su embajada.
—¡Qué bueno eres, Rodolfo! ¡Cuánto me alegro!
—¿Y adónde va destinado el futuro embajador?
—Todavía no lo sabe, pero sí está seguro de que será un puesto de primer orden.
—Hermana mía—dije,—por complacerte iré aunque sea a una legación de tres al cuarto. No me gusta hacer las cosas a medias.